ESTE FUNERAL ES POR EL CADÁVER EQUIVOCADO planteamiento conceptual de el cajon edit.

 

“Today when we are experiencing anew the pressures and pleasures of active participation roles, it is helpful to understand that even a tendency to oral culture gives a powerful drive towards the fusion of producer-consumer roles, just as the printed word tends to separate these functions and to create specialists on both sides of the gap.”

Marshall McLuhan

Desde la invención del telégrafo los medios de comunicación masiva han sufrido un proceso de transformación determinante y aún inconcluso desde lo impreso hacia lo electrónico. Esta transformación inédita del soporte de la escritura, de lo físico a lo digital, plantea una serie de preguntas determinantes sobre el futuro del libro. Sin embargo, antes de siquiera considerar abordar estas cuestiones, es fundamental definir de forma clara lo que se considera como libro. Según Albert Labarre, la definición del libro no se limita a su carácter impreso –este es apenas una etapa en su larga historia– sino que depende de tres características básicas y esenciales: ser el soporte de la escritura; servir para la difusión y conservación de un texto; y priorizar la manejabilidad. Adicionalmente, la Grande Encyclopédie define el libro como una “reproducción escrita de un texto (…) destinada a la divulgación con forma portátil”. Entonces, si algo dejan claro estas dos definiciones es que a través de los medios digitales el futuro del libro no solo está asegurado sino que además se ve beneficiado de forma exponencial. La pregunta se debe enfocar entonces hacia el papel del libro impreso en el periodo de transición actual.

La historia del libro, que es a su vez la historia de la escritura, nos ha demostrado que el libro puede existir bajo diferentes nombres y formas, siempre y cuando cumpla con las características anteriormente descritas. Pareciera entonces que cada una de las diferentes manifestaciones del libro que han existido a lo largo de la historia –desde la arcilla tallada hasta las pantallas interactivas– responde a la necesidad de optimizar el soporte, su capacidad de difusión y conservación y, finalmente, su manejabilidad. Adicionalmente a esto, el libro se ha caracterizado históricamente por su materialidad –el libro es ante todo un objeto, un producto– y esto hace que siempre haya estado estrechamente ligado a, y se vea afectado por, sistemas complejos de producción y consumo. En la actualidad, el libro impreso no tiene, ni puede tener las herramientas necesarias para competir con el libro digital: este último como soporte de la escritura tiene un alcance público que es virtualmente infinito y su conservación es óptima en términos de almacenamiento y deterioro, mientras que puede ser visto en todo tipo de dispositivos sin necesidad de múltiples procesos de producción. Si el libro impreso es tan evidentemente inferior al libro digital en el cumplimiento de sus tareas esenciales, entonces, ¿a qué se debe la obstinada necesidad de perpetuar su existencia tanto por parte de sus productores como de sus consumidores?

Una justificación basada exclusivamente en la nostalgia y en el carácter emocional del libro impreso resulta insuficiente, pero si nos fijamos en su carácter material parecería que, en el rol que este cumple dentro de cierto sistema de producción y de consumo, podrían estar escondidas las claves de su mitología actual. La imprenta –y por ende el libro impreso– es uno de los últimos vestigios de la economía mecánica que regía las relaciones de producción y consumo hasta finales del sigo pasado, en palabras de Marshall McLuhan:

The producer-consumer split in economics, politics and letters was naturally geared by the great mechanical power of the Gutemberg invention. In pre-mechanical economies there is much interfusion of the roles of producer and consumer, and today, the electronic age, witch is post- mechanical in a sense, is already trying to become a do-it- yourself age for reasons to be noted later.

A través de esta afirmación, McLuhan, además de reiterar que el libro impreso es tan solo una etapa formal en la larga historia del libro, sugiere que su carácter mecánico –es decir, material y consumista– es característico de una relación específica entre producción especializada y consumo masivo. Se puede deducir también que para McLuhan es evidente que esta relación requiere un distanciamiento inevitable entre el productor y el consumidor ya que la materialización del objeto depende de una inversión económica y de un conocimiento técnico, ambos cuantificables. Pareciera entonces que el sistema de producción necesario para crear un libro impreso afecta de manera inevitable la relación que se establece entre quienes lo crean y quienes lo consumen, no solo en términos económicos sino también políticos; es decir, de poder: en teoría, cualquiera puede producir y consumir un libro digital con conocimientos mínimos, mientras que un libro impreso requiere de inversiones económicas e intelectuales considerables tanto para ser producido como para ser consumido.

Teniendo lo anterior en cuenta, resulta ingenuo pensar que lo único que se busca perpetuar a través de la forma del libro impreso sean sus atributos estéticos o emocionales y mucho menos su eficiencia en términos esenciales. Lo que parece demostrar el análisis de su forma material es que, curiosamente, en nuestra era post-mecánica, el proceso de mistificación del libro impreso ha llevado a una inversión de roles entre la necesidad de la experticia y la necesidad de la producción. La experticia ya no es considerada como un medio para alcanzar el fin de la producción –ya que los medios digitales han demostrado que se puede prescindir de ella– sino que, inversamente, la producción se ha convertido en un medio para justificar la experticia. Se puede decir entonces, a modo de hipótesis, que lo que se busca perpetuar a través del libro impreso no es su forma, sino que esta se ha convertido en un estilo –en una herramienta de diseño más– para perpetuar un sistema de relaciones basado en la experticia y, por ende, basado en la brecha entre productores y consumidores. Hal Foster, en su libro Diseño y delito, plantea una visión pesimista (propia de nuestra era) que se relaciona directamente con el problema de la producción:

Una cosa parece clara: en el preciso momento en que se pensaba que el lazo consumista no podía estrecharse más en su lógica narcisista, lo hizo: el diseño es cómplice de un circuito casi perfecto de producción y consumo, sin mucho “margen de maniobra” para nada más.

En otras palabras, todos los atributos cuantitativos o “concretos” propios del libro impreso parecerían traducirse en atributos cualitativos o “mitológicos” con el fin de perpetuar un sistema de relaciones polarizado y polarizante en el que el medio y su forma funcionan como herramienta para validar y no como soporte para difundir y conservar.

No se busca plantear esta hipótesis como un descubrimiento ni mucho menos como un problema a solucionar, lo que se busca evidenciar es que, en el periodo de transición actual, el libro impreso se ha convertido más en un estilo que en un soporte y que por ende su escogencia como herramienta de diseño y de comunicación debe ser reflexiva y no automática o caprichosa. Queda claro que la mistificación del libro impreso se ha convertido en una forma de evasión y de negación* histórica pero queda también claro que, a través de un desglose semiológico de sus elementos, se puede establecer su rol como herramienta de diseño. En un medio en el que la validación parecería haberse convertido en el fin en si mismo y en un mundo en el que el medio es el mensaje, lo que se busca es encontrar un “margen de maniobra” que permita a su vez crear un diálogo crítico y auto-crítico entre los que publican y los que leen, entre los que producen y los que consumen.

* “Nunca se insistirá lo suficiente sobre los estragos del “estilo” en nuestras escenas burguesas. El estilo excusa todo, dispensa de todo y especialmente de la reflexión histórica; encierra al espectador en la servidumbre de un puro formalismo, de modo que hasta las revoluciones de “estilo” resultan meramente formales.” Roland Barthes

 


 

Cómo poner a funcionar el cosmos

“Es un libro que juega con el gusto del lector a través de su estética. El libro de Sergio Román está compuesto por intervenciones que ha hecho a imágenes de iglesias europeas, con un muñeco entre abstracto y gigante, que interactúa con el entorno. Además, en su parte posterior contiene reflexiones sobre la vida, el mundo, la universidad y el cosmos.

Esta publicación se convierte en el primer libro en ser lanzado, en conjunto con Estudio El Cajón y el espacio El Dorado, además de ser la opera prima del autor. Que se presenta como un objeto, más que de consulta, como elemento de apreciación que juega con la ironía de su producción editorial acompañado por la creatividad del artista.

En palabras de Valentina Gutiérrez, directora de El Dorado, “consiste en hacer un libro que por medio de trucos, dinamicen la intención del autor. Pues más que dar respuestas busca generar incógnitas”.

Una particular que cabe resaltar es que sus hojas, como sus contenidos son independientes y pueden ser desarticulados, así como sus páginas y sus dibujos a gusto del lector, con la intención de sacar de la rutina de ayudar a presentar una realidad distinta a través de metáforas y observaciones que hace el autor.”

Periódico ARTERIA

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> libro cerrado con título

 

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